19
Jul
2015

Sobre soñar y sobrevolar el paisaje

Por: Valeria Barbero

 

www.ciudadterritoriopaisaje.org/blog

El prado verde, la colinas azules y las siluetas de los árboles recortándose contra el cielo acerado se extendían detrás del jeep negro, detrás de una gran tela enrollada que se extendía sobre la tierra.  La promesa del sol nos hizo apurar el paso y comenzar los preparativos para el viaje en globo.

Desde niña soñaba con volar. Volar despacio, sobre diferentes paisajes.  Pero nada me había preparado para la intensa emoción de sentir el cuerpo elevarse, muy lentamente, sobre el prado verde, aferrada a un canasto que se me hizo como una cáscara de nuez, cogida de la mano de mi hijo y de mi madre.

Un rato antes había preguntado, al ver un gran amasijo de tela y cuerdas extendidas sobre la tierra, cuál era el mecanismo para elevar un globo aerostático.

 

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-Física básica- me respondió Adriana.  Se impulsa aire al interior del globo y se calienta. El aire caliente pesa menos, y por eso se eleva.  El sistema se utiliza desde hace casi doscientos años… y sus principios no han cambiado desde entonces.

Sobre nuestras cabezas, cubiertas con gorras de lona gruesa, una llamarada intermitente asegura el calor necesario para mantenernos levitando a cinco mil pies de altura. Bajo nosotros, el viento mece la melena verde de los guaduales, hace temblar el vuelo de bandadas de mariposas y acaricia las alas de los halcones que planean sobre los árboles.  Los rebaños de ganado se desplazan por los pastos, los perros deambulan por las fincas, y las gentes saludan y nos observan… contemplar las formas de la vida en movimiento es una sensación embriagadora.

Globos Colombia (19)

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Globos Colombia (33)

Vamos bajando; ahora las hojas del guadual rozan mi mano.  Amancio, el piloto, está intentando “aterrizar”.  Por un momento, la gran copa verde de un árbol se acerca rápidamente hasta ocupar todo el campo visual, y pienso que nos vamos a estrellar… pero nuestro guía controla con gran destreza el movimiento del globo, de tal manera que subimos y bajamos suavemente y durante algunos minutos, hasta encontrar un espacio apropiado para detener el aerostático.  Con un golpe amortiguado, casi sordo, como dos pasos que se dan con mucha fuerza, golpeando el suelo, el barquillo-cáscara de nuez se encalla en la tierra, y nosotros recuperamos nuestra (casi olvidada) condición de gravedad.  Aún así, me siento leve; la hierba se esponja bajo mis pies al dar los primeros pasos, y la luz me parece más intensa.

Recogemos mandarinas, aspiramos el perfume de las flores de macadamia, conversamos y nos reímos. El globo ya está plegado, guardado en un bolso negro y apoyado sobre el canasto sobre el cual cabíamos, bastante justos, los tres adultos y dos niños que realizamos el viaje.

Nos despedimos con afecto de las maravillosas personas que hicieron posible una experiencia inolvidable… El viaje es ya un recuerdo, es otra vez un sueño, pero es también una felicidad casi física que vuelve a mí cuando conjuro en mi memoria la sensación liberadora y elemental de volar.

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