Por Carlos Garzón
En 1961, durante el juicio a Adolf Eichmann, el acusado insistió en que no era un fanático ni un sádico, sino un funcionario obediente dentro de una estructura estatal jerárquica. A partir de ese proceso, Hannah Arendt desarrolló la tesis de la banalidad del mal, según la cual el mal moderno puede surgir no de la perversidad radical sino de la incapacidad de pensar críticamente dentro de marcos institucionales normalizados¹.






