Parte 3 de 3: El predial que no sembramos

Hay decisiones que se toman en una oficina, con un formulario, sin que nadie en el campo se entere. Y hay territorios que cambian para siempre por esas decisiones, despacio, sin que nadie pueda señalar el momento exacto en que todo empezó a ser diferente.

El Quindío está en ese momento.

Los dos artículos anteriores describieron el problema del catastro multipropósito y las herramientas que existen para manejarlo. Este artículo trata de algo más difícil de ver, pero más importante de entender: lo que está en juego si no se actúa — y lo que todavía es posible si se actúa a tiempo.

No estamos discutiendo solo un impuesto.
Estamos definiendo el territorio que el Quindío va a ser.

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Parte 2 de 3: El predial que no sembramos

En el artículo anterior describimos el problema: el catastro multipropósito llegó al Quindío y encontró un mercado transformado por el turismo y la segunda vivienda. ¿Lo midió correctamente? — el cafetero del ejemplo recibió un predial que puede representar cuatro meses de su ingreso neto. La presión fiscal no es intencional, pero su resultado es predecible: quien no puede pagar vende, y quien compra generalmente no es otro cafetero.

Quedó pendiente una pregunta: si el problema es tan claro, ¿por qué las soluciones que ya existen no se usan? La respuesta tiene varias capas — y algunas de ellas son más «alentadoras» de lo que parecen.

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Parte 1 de 3: El predial que no sembramos

Imagine un cafetero del Quindío con una finca de menos de tres hectáreas. Trabaja, produce, vende. Al final del mes, después de pagar todos los costos, le quedan $775.000 pesos. Con eso sostiene la tierra, sostiene su familia y —sin que nadie se lo reconozca formalmente— sostiene un paisaje que la UNESCO declaró Patrimonio de la Humanidad.

Este año, ese cafetero recibió el recibo del impuesto predial: $3.442.673 pesos anuales. Cuatro meses y medio de todo lo que le queda después de producir café.

¿Qué cambió en su finca? Nada. ¿Qué cambió a su alrededor? Todo.

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