Paisaje Cultural Cafetero de Colombia PCCC: Un pacto necesario entre el campo y la ciudad

En 2026, el Paisaje Cultural Cafetero (PCCC) cumplirá 15 años de haber sido inscrito en la lista de Patrimonio Mundial de la UNESCO. Este aniversario es una oportunidad valiosa no solo para celebrar, sino para hacernos preguntas difíciles sobre el futuro de nuestro territorio.

Durante esta década y media, hemos logrado posicionar una marca ante el mundo. Sin embargo, “en casa», la tarea sigue incompleta. Mientras la imagen internacional brilla, la realidad local nos muestra un mapa donde a menudo perdemos de vista que el territorio es un sistema indivisible, y no una suma de piezas sueltas.

Existe el riesgo latente de que, si no ajustamos la mirada, el Paisaje termine fracturándose en pequeñas «islas» de privilegio o conservación —fincas modelo, condominios cerrados o burbujas turísticas—, rodeadas de un entorno general que pierde su vocación y su gente.

Uno de los motores de esta fragmentación es que, al parecer, hemos evadido la tarea compleja de renovar nuestros centros urbanos. En lugar de revitalizarlos, permitimos que se conviertan en ciudades deterioradas e ineficientes. Ante esa falta de calidad urbana, hemos optado por la ruta aparentemente más fácil: urbanizar el campo.

Esta dinámica agrava los problemas en ambos lados. Mientras debilitamos el suelo rural llenándolo de cemento disperso, nuestros cascos urbanos pierden calidad y vitalidad. Al final, nos quedamos con ciudades invivibles y un campo suburbano, deteriorando el tejido social tanto en la vereda como en la urbe.

Frente a este panorama, surge una interrogante necesaria desde la academia y la gestión pública: ¿No será el momento de explorar, a modo de hipótesis, una «Adaptación Pragmática»?

Vale la pena preguntarnos si es posible imaginar un territorio que recupere su equilibrio. Un lugar donde nuestros municipios no compitan exclusivamente por atraer masas de población flotante que impactan ambientalmente y encarecen el costo de vida, sino por generar conectividad y servicios para que el talento propio se quede, y para que aquel que migró encuentre razones para regresar.

En esta visión, tal vez podríamos encaminarnos hacia la consolidación de un Bio-Distrito de Creación. En un mundo que transita rápidamente de la economía del conocimiento a la economía de la intención, el valor real de nuestro territorio ya no estará solo en lo que «sabemos» (pues la tecnología lo sabrá todo), sino en la intención que tengamos para transformar nuestro entorno único usando esas nuevas capacidades.

Para que una transición de este tipo fuera posible, sería necesario un salto de calidad en nuestras instituciones.

Se requiere que las administraciones locales tengan la capacidad técnica para ordenar el suelo entendiendo estas conexiones sistémicas, actuando sin sesgos ni conflictos de interés, y con una clara perspectiva del interés general. Necesitamos instrumentos que frenen la aparición de esas «islas» desconectadas —que muchas veces incuban conflictos en su propio interior— y promuevan un modelo donde lo urbano y lo rural se complementen.

El relato cultural nos ha ofrecido la posibilidad de un sentido de pertenencia, pero es la visión sistémica la que podría garantizar la sostenibilidad.

El PCCC merece que discutamos su futuro con rigor. Gestionar lo que apreciamos implica tomar decisiones hoy para asegurar que este paisaje siga siendo un hogar próspero e integrado para quienes deciden habitarlo, ya sea en la plaza renovada del pueblo o en el surco productivo del café.

carlosgarzon.urb@gmail.com

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