Parte 3 de 3: El predial que no sembramos

Hay decisiones que se toman en una oficina, con un formulario, sin que nadie en el campo se entere. Y hay territorios que cambian para siempre por esas decisiones, despacio, sin que nadie pueda señalar el momento exacto en que todo empezó a ser diferente.

El Quindío está en ese momento.

Los dos artículos anteriores describieron el problema del catastro multipropósito y las herramientas que existen para manejarlo. Este artículo trata de algo más difícil de ver, pero más importante de entender: lo que está en juego si no se actúa — y lo que todavía es posible si se actúa a tiempo.

No estamos discutiendo solo un impuesto.
Estamos definiendo el territorio que el Quindío va a ser.

El cafetero que vende no desaparece. Desaparece el paisaje.

Cuando un cafetero vende su finca porque no puede pagar el predial, el titular de la escritura cambia. Pero lo que realmente cambia es invisible en el registro notarial: desaparece el conocimiento de cómo sembrar en esa pendiente específica, de cuándo llega la cosecha en esa microcuenca, de cómo se poda ese lote que tiene treinta años de historia. Desaparece la familia que sostenía esa finca. Y cuando el hijo de ese cafetero crece y no tiene tierra que heredar, ya no hay pregunta sobre si seguirá en el campo — la respuesta está dada.

Esto tiene nombre en la literatura sobre patrimonio cultural: ruptura del vínculo tierra–familia–saber, ampliamente documentado en estudios sobre paisajes culturales productivos. No es poético. Es técnico. Y es el proceso más irreversible de todos los que amenazan el Paisaje Cultural Cafetero: una cobertura boscosa puede recuperarse, una variedad de café puede reintroducirse, una infraestructura puede reconstruirse — pero el conocimiento que se va con una familia que abandona la tierra no vuelve.

El predial no es la causa de ese proceso. Pero en este momento es uno de sus aceleradores más concretos y documentables. Como vimos en el primer artículo, en algunos casos ya representa varios meses del ingreso neto anual de un pequeño productor.


La paradoja que nadie diseñó

Hay algo profundamente irónico en lo que está ocurriendo, y vale nombrarlo con claridad.

El catastro multipropósito es una herramienta de modernización del Estado. Llegó a corregir décadas de inequidad tributaria y a darles a los municipios información actualizada sobre su territorio. Nadie lo diseñó para expulsar cafeteros. Y sin embargo, en el Quindío, eso es parte de lo que está produciendo.

¿Por qué? Porque midió correctamente un mercado que había cambiado — un mercado transformado por el turismo, la segunda vivienda y la especulación inmobiliaria — y aplicó ese valor a predios cuyo propietario no tiene nada que ver con ese mercado y no se puede beneficiar de él. El cafetero no puede vender a precio de parcelación recreativa y seguir siendo cafetero. Pero sí puede recibir un predial calculado como si eso fuera lo que su tierra vale.

El mismo instrumento que debería servir para que los municipios capturen el valor que genera la especulación termina castigando a quien la especulación desplaza. El resultado es un desplazamiento silencioso: el territorio deja de producir para empezar a consumirse.

Esa paradoja no es un error de diseño del catastro — es una señal de que el instrumento está incompleto: mide bien el valor de mercado, pero no distingue el valor productivo que el Estado dice querer proteger.


Dos futuros posibles para el mismo territorio

No hace falta esperar veinte años para imaginar hacia dónde van las cosas. Las tendencias ya están en curso — solo hay que proyectarlas.

En el primero, la presión continúa sin contrapeso. Los cafeteros que no pueden sostener el predial venden, uno a uno, finca a finca. Los compradores son inversionistas que parcelan para turismo o segunda vivienda. Los municipios, que necesitan recaudo, no tienen incentivos para frenar ese proceso — y no tienen la obligación jurídica de hacerlo. El paisaje cafetero se convierte en un mosaico de glamping, fincas de fin de semana y monocultivos, con algunos cafetales dispersos que sostienen la narrativa del patrimonio mundial, mientras la base productiva que le da sentido desaparece silenciosamente.

En el segundo, los actores que tienen la capacidad de actuar deciden hacerlo. Los municipios aplican las herramientas fiscales que ya tienen disponibles. La Gobernación y el Comité de Cafeteros plantean ante el IGAC un protocolo de valoración que reconoce la vocación productiva. El Estado nacional, que se beneficia de la declaratoria, asume su parte del costo de sostenerla. Y se avanza hacia una norma que proteja el suelo cafetero con independencia de quién gobierne cada municipio en cada ciclo electoral. El paisaje no se congela — evoluciona — pero con los cafeteros adentro, no desde afuera.

La diferencia entre esos dos futuros no depende de recursos extraordinarios ni de decisiones heroicas. Depende de si los actores con capacidad de actuar deciden usar lo que ya tienen, en el momento en que todavía es posible hacerlo.


Lo que hace única esta oportunidad

El Quindío tiene algo que ninguna otra región del país tiene en igual medida: once municipios dentro de un área declarada Patrimonio de la Humanidad, con todos los compromisos internacionales que eso implica. Esa declaratoria no es solo un título para poner en los letreros de las carreteras. Es una obligación del Estado colombiano — documentada, verificada periódicamente por la UNESCO, con consecuencias reputacionales y económicas si se incumple.

Eso significa que los cafeteros del Quindío no están solos en este debate, aunque muchas veces lo parezcan. Tienen detrás una cadena de compromisos que el Estado asumió en su nombre, sin preguntarles, cuando Colombia presentó la candidatura ante la UNESCO. Hacer valer esos compromisos no es pedir un favor: es exigir coherencia.

Y hay algo más. Este no es solo un problema del campo. Define el paisaje, el agua y el territorio en el que viven todos los quindianos.

El debate que hoy se da en el Quindío sobre el predial, la especulación y el relevo generacional no es exclusivo del departamento. Es el mismo que enfrentan, con distintas intensidades, los otros 40 municipios del área declarada en Caldas, Risaralda y Valle del Cauca. Lo que el Quindío logre plantear formalmente puede abrir la puerta para todos ellos.


El momento es ahora — y eso no es un cliché

Los procesos de transformación territorial tienen una característica cruel: son lentos al principio e irreversibles al final. Durante años, la presión se acumula de manera casi invisible — una finca que cambia de manos aquí, una parcelación que se aprueba allá, un joven más que decide que el café no es su futuro. Y llega un punto en que el cambio ya ocurrió, y lo que queda es administrar la pérdida.

El Quindío no ha llegado a ese punto. Todavía hay cafeteros en la tierra, todavía hay familias con vocación productiva, todavía hay municipios que pueden activar instrumentos que no han usado. Todavía hay una ventana.

Pero las ventanas no permanecen abiertas por voluntad propia.

El cafetero de la finca de tres hectáreas — el de los $775.000 de ingreso neto y el predial de $3.442.673 — no está esperando que alguien resuelva su problema en abstracto. Está esperando que las personas con capacidad de actuar decidan hacerlo antes de que él no tenga más opciones.

Ese es el territorio que estamos eligiendo. No con una gran decisión, sino con la suma de todas las pequeñas decisiones que se toman — o se evitan — cada día. Y, como todo territorio, una vez elegido, no es fácil volver atrás.


Este es el tercero de una serie sobre el catastro multipropósito, el Paisaje Cultural Cafetero y el futuro del suelo productivo quindiano. Los artículos anteriores: [1] El predial que no sembramos; [2] Las herramientas que no usamos.

El autor es arquitecto urbanista con especialización en ordenamiento territorial y patrimonio cultural. carlosgarzon.urb@gmail.com

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