Acerca de la “Generación Curiosa” y el turismo experiencial

Acerca de la “Generación Curiosa” y el turismo experiencial

Cayó a mis manos un artículo (recién publicado) de Alain de Botton sobre la experiencia de viajar, que me parece muy apropiado para todos los que (en pequeña o gran escala) nos consideramos “viajeros”.  Comparto con ustedes una traducción propia, y para los que sean “verracos” con el inglés, los animo a que se lean el artículo original.

Aún se asume ampliamente que viajar “por placer” es una tarea simple.  Todo lo que se necesita es un poco de tiempo libre, dinero y una o dos buenas direcciones. Sin embargo estamos despertando a la idea de que, como la mayor parte de las actividades humanas, el “viajar” es un arte, que se beneficia de ser sistemáticamente recordada y practicada.  No nacemos sabiendo cómo hacerlo, y sin experiencia y reflexión caeremos en algunas trampas obvias.

Una de las primeras verdades que se están filtrando en la sociedad es que no necesariamente hay relación entre la cantidad de dinero que uno gasta en lo que llamamos “lujo” y la consecución de la felicidad.  En un nivel más práctico, estamos aprendiendo a ser menos materialistas, lo cual no quiere decir que estemos rehuyendo al confort corporal.

La idea de “relax” para la generación previa (que involucraba hoteles ostentosos y restaurantes refinados) ahora acarrea algunas asociaciones notablemente infantiles y anticuadas.  En un mundo conflictivo y misterioso, “la indolencia de un lagarto” se asocia más probablemente a generar hastío y aburrimiento, más que calma y disfrute. El “no hacer nada” sigue siendo (y por buenas razones) uno de los proyectos menos atractivos y poco familiares.

Al mismo tiempo, estamos empezando a cuestionar las expectativas de qué es una buena actividad, una vez que llegamos a nuestro destino.  La respuesta tradicional solía ser: ir al museo. El arte puede ser un medio particularmente bueno para destinar y reflejar las características de un lugar, pero la contemplación no nos da la experiencia vívida y visceral (de esas características) que podemos llegar a anhelar.

Estamos aprendiendo que lo que realmente queremos hacer es hablar con la gente. Esto es muy difícil. Existen instituciones enteramente dedicadas a ayudarnos a conocer la cultura de un país a través de sus representaciones, sin embargo no hay casi nada para ayudarnos a entablar una conversación con uno de sus ciudadanos durante la comida.  Fácilmente podemos pasar en un país una semana y no interactuar con nadie, fuera del conserje y sus colegas.  La industria de viajes del futuro será la que nos ayude a mezclarnos y entender la realidad cotidiana de las naciones huéspedes.  Nos sacarán de la estéril rutina del museo de arte y nos arrojarán en la vibrante realidad viva de las cocinas, oficinas, escuelas y fiestas de casamiento de nuestros países huéspedes.

La gran lucha de los viajeros solía ser conocer los hechos de los países a través de los cuales se viajaba.  Era un logro que enorgullecía, el conocer la fecha en la cual la catedral se terminó y la identidad del primer presidente post-independencia. Actualmente, nuestros teléfonos celulares –y a través de ellos, la mente sin fronteras de internet- han hecho que el conocimiento de los hechos sea omnipresente y abrumador.  Lo que necesitamos no son más datos, sino experiencias que estén organizadas de acuerdo con nuestras necesidades más profundas. Puede muy bien haber cinco vistas o lugares “imperdibles” en la ciudad o entorno que visitemos, pero puede que ninguno de ellos sea apropiado a nuestro propio estado anímico y desarrollo psicológico.  Estamos ganando confianza en la aceptación de que nos sentiríamos mejor yendo (por ejemplo) al supermercado o a una fiesta de pueblo.

Estamos recordando a los peregrinos y la manera como las religiones solían organizar los viajes.  Hubo un tiempo en el cual irse de viaje significó una travesía al mundo exterior que estaba pensada para curar alguna aflicción en nosotros. Esto puede sonar como una meta un poco remota pero apunta a un propósito para nuestros viajes que, con demasiada frecuencia, se nos escapa: el viajar debería tratarse sobre curarnos. Debería tratarse de “recoger” cosas en otros lugares –una filosofía, o una actitud- de la cual carecemos en nuestra tierra.  En el futuro, los agentes de viaje no nos preguntarán dónde queremos ir; ellos descubrirán qué queremos cambiar de nosotros mismos.

Viajamos para localizar cosas que son exóticas y necesarias para nosotros. El exotismo solía significar faldas típicas y espectáculos folclóricos. Pero exotismo significa algo que es a la vez poco familiar en el país que habitamos, pero importante para nuestro desarrollo. Puede ser una manera de criar a los niños, o de organizar los espacios de trabajo; relacionarse con la naturaleza o con nuestro cuerpo. Estamos mejorando en el aprendizaje de cómo estructurar los viajes para que puedan saciar aquello de lo cual carecemos.  Estamos despertando a nuestras propias complejidades y entendiendo que “el curso de golf” y “la habitación con vista al mar” no son suficientes.  En definitiva, el placer es tan difícil de alcanzar como lo es ganarse el dinero. Nos debemos, a nosotros mismos, el tratar nuestras expectativas de viaje con dignidad –nuestros viajes deberían ser los que ayuden a dar a luz a un nuevo y mejor ser humano en nuestro interior.

Valeria Barbero

Valeria Barbero, Arquitecta y Master en Proyectación Urbanística y Territorial por la UPC (Barcelona-España). He desarrollado mi proyecto de investigación y experiencia profesional en temas vinculados al desarrollo urbano y rural, ordenamiento territorial, la planificación y catalogación del paisaje.

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