La disputa por el sentido del paisaje

Imagen del estand en la casa de la cultura del municipio de Circasia – Quindío

El Paisaje Cultural Cafetero no solo se juega en el catastro y el mercado inmobiliario. Se juega, sobre todo, en lo que creemos que es. Notas sobre una disputa simbólica —y sobre un museo que cabe en una maleta.

Todos los días alguien fotografía un balcón en un pueblo cafetero. Pocos saben qué lo sostiene.

Detrás de ese balcón hay una técnica —el bahareque de guadua, capaz de resistir un siglo de sismos—, hay un proceso histórico —la colonización antioqueña que fundó estos pueblos ya entrada la República, no en la Colonia española—, y hay, sobre todo, una economía frágil: familias caficultoras con menos de dos hectáreas, que son cerca del 64 % de los predios y que sostienen, sin que nadie se lo reconozca formalmente, un paisaje que la UNESCO declaró Patrimonio de la Humanidad en 2011.

Pero en la fotografía no cabe nada de eso. Cabe el color. Cabe la postal.

Y ahí empieza la pregunta que me interesa: ¿de quién es el sentido de este paisaje?

Un territorio se disputa dos veces

En este mismo blog he escrito sobre la disputa material por el Paisaje Cultural Cafetero. La serie sobre el impuesto predial mostraba cómo un instrumento técnico —el catastro multipropósito— puede, sin proponérselo, empujar a un cafetero a vender la finca que su familia trabajó por generaciones. Esa es una batalla concreta, medible en pesos y hectáreas.

Hay una segunda disputa, menos visible pero igual de decisiva: la disputa por el sentido. Es decir, por el relato que damos por cierto cuando decimos «Paisaje Cultural Cafetero». Un territorio no cambia solo cuando cambian sus dueños; cambia cuando cambia lo que la gente cree que ese territorio es.

Y en esa segunda disputa el Café está perdiendo terreno silenciosamente.

Qué está en juego

La tensión más evidente es la que enfrenta al paisaje vivo con el paisaje-escenografía. ¿El PCCC es un territorio trabajado —un sistema productivo de café en laderas de más del 25 % de pendiente, entre los 1.200 y 1.800 metros de altitud— o es un decorado para consumir un fin de semana? La gentrificación de Salento es la forma más nítida de esa pregunta: el lugar con alma convertido en set fotográfico, el habitante desplazado por el arriendo, el oficio sustituido por la tienda de souvenirs. Cuando el paisaje se vuelve escenografía, alguien decidió por nosotros qué significa.

La segunda tensión es la folclorización. El barranquero, el yipao, la guadua, los colores de las puertas: íconos culturales potentes que corren el riesgo de vaciarse: volverse marca sin territorio, emblema sin oficio. Vale la pena recordar aquí una distinción que no es pedante: el yipao y el barranquero son íconos culturales, no atributos UNESCO; el «esfuerzo humano» no es un atributo sino un valor del paisaje. Defender esas precisiones no es purismo académico. Es negarse a que el relato se banalice.

La tercera es la memoria. Bajo la capa cafetera hay una capa prehispánica Quimbaya —patrimonio arqueológico— y una historia de colonización que fundó estos pueblos en el siglo XIX. El turismo superficial borra ese espesor: deja el color y se lleva el tiempo.

Sobre la palabra «batalla cultural»

A esta disputa por el sentido muchos la llamarían hoy «batalla cultural». Conviene usar el término con cuidado.

La idea es antigua —viene de la noción gramsciana de hegemonía: la lucha por cuáles valores y relatos llegan a volverse «sentido común»— pero en el debate reciente «batalla cultural» cargó una fuerte connotación partidista, y «batalla» sugiere que se trata de imponer un relato sobre otro, de vencer a un adversario. No es esa la acepción útil aquí.

Prefiero hablar de disputa por el sentido del paisaje. No porque el conflicto no exista —existe, y es real—, sino porque la respuesta que me interesa no consiste en imponer el relato «correcto» del Café a punta de pedagogía autoritaria. Consiste en algo más difícil: devolverle a la gente la capacidad de completar el sentido por sí misma. Se puede disputar el significado sin declararle la guerra a nadie. Se disputa, más bien, ensanchando la mirada.

Un museo que cabe en una maleta

El Paisaje Portable nació como una respuesta práctica a esa disputa.

Es una estación museográfica itinerante —ocho lienzos de 70 × 100 cm sobre un biombo modular de madera en zigzag— que en lugar de esperar al visitante, va hacia él: a una institución educativa de Salento, al corredor de una casa de la cultura en Circasia, a la circulación de un centro comercial o una biblioteca en Armenia. Las acuarelas y collages de la artista Valeria Barbero Obaid son el mediador principal entre la gente y el territorio; el dispositivo técnico solo responde cuando la obra lo convoca. La lógica es un diálogo a tres voces: la obra habla, el dispositivo responde, el visitante completa.

Que quepa en una maleta no es un detalle logístico. Es el argumento.

Si el sentido del paisaje se disputa en el terreno de lo que la gente da por sentado, entonces lo primero es democratizar el acceso a ese sentido. Un paisaje que hay que pagar para ver, al que hay que peregrinar como a un decorado o al que hay que arriesgar el bolsillo, ya perdió media disputa. Uno que viaja hasta el transeúnte que no fue a buscarlo —el que pasa hacia el patio de comidas y se detiene un momento— disputa, en cambio, quién tiene derecho a interpretar el territorio. Y la respuesta que propone es: todos.

El segundo argumento es la pregunta puente. Cada lienzo se niega a ser un destino: termina con una pregunta que empuja al visitante de vuelta al territorio real. Es un antídoto deliberado contra el consumo pasivo del paisaje-imagen, contra la lógica de contemplar y olvidar. La obra no quiere quedarse con la última palabra; quiere que la última palabra ocurra afuera, en la finca, en la ladera, en la conversación con quien vive ahí.

Hay que decirlo con franqueza: el proyecto podría perder su propia apuesta. Si la obra es demasiado bella, corre el riesgo de volverse ella misma el destino estético —la escenografía que uno de los lienzos justamente critica—. Esa es la tensión que vigilamos. Un dispositivo que disputa el sentido del paisaje no puede convertirse en la nueva postal.

El paisaje se completa en el taller

Hasta aquí he hablado del biombo como si fuera todo el proyecto. No lo es. El Paisaje Portable es exposición y activación: frente a la obra ocurre un conversatorio, luego un taller co-creativo y, al final, un cierre sonoro con los ojos cerrados. La obra abre; el taller es donde la tercera voz —»el visitante completa»— deja de ser una promesa y se vuelve un hecho.

En el taller, cada grupo toma un atributo del paisaje y lo convierte, paso a paso, en una idea de proyecto para su propia vereda o municipio. No es un ejercicio decorativo. En Circasia, un grupo partió del patrimonio natural y llegó a un proyecto de educación patrimonial en la Escuela de Música de la Casa de la Cultura, para generar conciencia —a través de la música— sobre la protección del agua y la reserva de Río Roble. Otros nombraron sin rodeos los retos que este artículo describe: la gentrificación, la permisividad del POT, la pérdida de los saberes tradicionales. Nadie les dijo qué pensar. Llegaron solos, porque el paisaje es suyo.

Ahí está el giro que le da nombre a la activación: cuidar es decidir. El taller mueve la mirada del «qué bonito» al «qué me toca hacer con esto». Y esa es, al final, la única forma honesta de ganar la disputa por el sentido: no imponiendo el relato correcto, sino poniendo a la gente a escribir el suyo —con el territorio enfrente y las manos todavía llenas de tierra.

La verdadera sala no tiene muros

En un museo convencional, la sala es un recinto de muros por el que uno camina para ver el paisaje representado. El Paisaje Portable invierte esa relación: aquí las salas se pliegan, viajan y se abren donde sea que se despliegue el biombo. Y la sala definitiva —la más grande— no está en el biombo: es el territorio mismo.

Ese es, al final, el modo de disputar el sentido que me parece defendible. No sustituir un relato por otro a la fuerza, sino portar un paisaje en miniatura precisamente para devolver a cada quien a la sala grande, con los ojos un poco más abiertos.

La disputa por el sentido del paisaje no se gana imponiendo lo que el Café significa.

Se gana devolviéndole a la gente la capacidad de terminar la frase.


Carlos Alberto Garzón Espinel — LOCI LAB (Laboratorio Ciudad–Territorio–Paisaje). El Paisaje Portable / Cartografías Sensibles del Paisaje Cultural Cafetero es un proyecto ganador de una Beca de Circulación en Artes Plásticas, Visuales y Patrimonio — Convocatoria Barranquero 2026, Fondo Mixto de la Cultura y las Artes del Quindío. En esta primera versión, la obra plástica es de la artista invitada Valeria Barbero Obaid; el dispositivo está pensado para dialogar, en ediciones futuras, con la obra de otros artistas.

#ConvocatoriaBarranquero2026 #FondoMixtoQuindío #CulturaQuindío

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