¿Quién decide el territorio que queremos? De la visión compartida a la capacidad de transformar el territorio.

En urbanismo y planificación territorial utilizamos con frecuencia una expresión que parece sencilla: «el modelo territorial que la sociedad quiere».

La idea es que, mediante el conocimiento técnico y la participación ciudadana, podamos construir una visión compartida del territorio y traducirla en decisiones que orienten su futuro.

Pero ¿es realmente posible construir un modelo territorial que represente lo que quiere una sociedad? Y, si conseguimos hacerlo, ¿qué capacidad tenemos para llevarlo a la práctica?

Creo que estas preguntas merecen una reflexión, especialmente cuando hablamos de prospectiva territorial, actualización de los planes de ordenamiento y construcción de visiones de futuro.

La sociedad no piensa de una sola manera

Un territorio reúne personas, actividades e intereses diferentes. El propietario que quiere desarrollar su suelo puede tener una visión distinta de la del vecino que busca conservar el paisaje. El empresario turístico puede necesitar nuevas infraestructuras, mientras que el agricultor reclama proteger el suelo productivo. Una administración puede priorizar el crecimiento económico y una comunidad puede preocuparse por sus consecuencias ambientales o sociales.

¿Quién tiene razón? ¿Cómo se resuelven estas diferencias?

No siempre existe una respuesta única. Por eso, construir una visión territorial compartida no significa que todos deban pensar igual ni que sea posible satisfacer todas las expectativas.

Significa reconocer las diferencias, conocer los intereses en juego y establecer mecanismos para deliberar, negociar y tomar decisiones legítimas, teniendo en cuenta el interés colectivo.

La participación ciudadana es fundamental en este proceso, pero conviene no confundir participar con decidir. Escuchar a una comunidad que quiere proteger su paisaje es un primer paso. Después hay que establecer qué se protege, qué actividades son compatibles, cómo se distribuyen los costos y beneficios y qué decisiones deben adoptar las instituciones responsables.

La participación no elimina los conflictos territoriales: ayuda a hacerlos visibles y a buscar formas de resolverlos.

¿El problema es que los POT están desactualizados?

En Colombia escuchamos con frecuencia que muchos de los problemas territoriales se deben a la desactualización de los planes de ordenamiento territorial (POT).

Es una explicación que puede ser cierta, pero no siempre es suficiente.

Un POT desactualizado puede contener disposiciones que ya no responden adecuadamente a las condiciones del territorio. Sin embargo, actualizarlo no garantiza que se resuelvan los problemas existentes.

Conviene distinguir varias situaciones: una cosa es que el plan necesite actualizar sus normas o su información; otra, que existan decisiones pertinentes que nunca se han ejecutado; y otra, que el municipio no tenga los recursos, el personal o la capacidad de gestión necesarios para llevarlas a la práctica.

Estos problemas pueden presentarse simultáneamente, pero no son lo mismo.

Un municipio puede aprobar un POT técnicamente bien elaborado y continuar teniendo dificultades para proteger sus fuentes de agua, gestionar el crecimiento urbano, mejorar la movilidad o controlar la ocupación del suelo rural.

Por eso, antes de concluir que la solución consiste en actualizar el plan, habría que preguntarse: ¿qué problemas no podemos resolver porque el POT está desactualizado y cuáles persisten porque no hemos conseguido implementar o gestionar las decisiones existentes?

Actualizar un plan puede ser necesario, pero no sustituye la capacidad de ejecutarlo.

De lo contrario, corremos el riesgo de dedicar muchos esfuerzos a formular nuevos instrumentos sin resolver las dificultades que impidieron aprovechar los anteriores.

Las dinámicas territoriales no ocurren solas

Otra expresión habitual en los diagnósticos y estudios de prospectiva es «dinámicas territoriales».

El concepto es útil para describir los cambios económicos, sociales, ambientales y espaciales que experimenta un territorio. El problema aparece cuando se utiliza de manera demasiado general, sin explicar qué está cambiando, por qué ocurre y qué consecuencias tiene.

Decir que un territorio está experimentando una transformación de sus usos del suelo es un punto de partida. Para comprenderla, necesitamos saber qué actividades están ganando o perdiendo espacio, dónde se producen los cambios, qué factores los impulsan y cómo afectan a quienes viven y trabajan allí.

Pensemos en el Quindío. La transformación de un territorio históricamente vinculado a la actividad cafetera hacia una economía en la que también tienen un peso importante el turismo, los servicios y los usos residenciales plantea preguntas que van más allá de describir las nuevas actividades.

¿Qué está ocurriendo con el suelo agrícola? ¿Cómo inciden las expectativas de valorización en las decisiones sobre su uso? ¿Qué efectos tienen estos cambios sobre el acceso a la vivienda, el empleo, el agua y la conservación del paisaje? ¿Qué oportunidades se generan y cómo se distribuyen sus beneficios?

Para responder hace falta estudiar los datos, pero también las decisiones y los intereses que intervienen en esos procesos.

Aquí aparece una dimensión que considero importante: el poder de influir en la transformación del territorio no está distribuido de la misma manera entre todos los actores.

Propietarios del suelo, empresas constructoras, promotores turísticos, administraciones públicas, comunidades y otros agentes pueden tener capacidades muy diferentes para impulsar proyectos, orientar inversiones o influir en las decisiones.

Reconocer esta realidad no significa afirmar que un actor determinado controle el territorio ni atribuir intenciones sin pruebas. Significa comprender que los cambios territoriales no son fenómenos impersonales: están relacionados con decisiones económicas, políticas y sociales que pueden favorecer a unos intereses más que a otros.

Por eso, un diagnóstico territorial debería ayudarnos a entender no solamente qué está ocurriendo, sino también quiénes intervienen, qué factores explican los cambios y qué posibilidades existen para orientarlos hacia objetivos colectivos.

¿Quién construye realmente el futuro?

Esta cuestión cobra especial importancia cuando se desarrollan ejercicios de prospectiva territorial.

Un diagnóstico permite conocer mejor la situación actual. La participación ayuda a recoger experiencias y aspiraciones. La construcción de escenarios permite explorar futuros posibles. Todo ello es necesario, pero todavía queda una tarea fundamental: convertir ese conocimiento en decisiones.

Una visión compartida puede expresar el deseo de proteger el paisaje, mejorar las oportunidades para los jóvenes, fortalecer la economía rural o garantizar la disponibilidad de agua. Sin embargo, alcanzar esos objetivos requiere decisiones sobre inversiones, infraestructuras, usos del suelo, prioridades presupuestales y responsabilidades institucionales.

Y esas decisiones no dependen exclusivamente de la visión que se formule en un proceso participativo.

También intervienen las políticas públicas, las decisiones empresariales, las inversiones privadas, las capacidades de las administraciones y las condiciones económicas. Es necesario comprender cómo interactúan estos factores y hasta qué punto pueden orientarse hacia objetivos compartidos.

La pregunta, por tanto, no es solamente quién participa en la construcción de una visión de futuro. También es quién define las prioridades, quién toma las decisiones que afectan al territorio y qué mecanismos existen para que los acuerdos colectivos tengan consecuencias reales.

Una visión territorial compartida necesita capacidad para influir en las decisiones que terminan configurando el territorio.

De lo contrario, existe el riesgo de que el futuro deseado quede expresado en documentos y presentaciones mientras otras decisiones, tomadas en diferentes ámbitos, siguen transformando el territorio.

Esto no significa que la prospectiva sea inútil ni que la participación sea necesariamente simbólica. Significa que su alcance debe evaluarse también por su capacidad para incidir en las decisiones posteriores.

Cuando la regulación sustituye a la gestión

En este punto aparece una paradoja de la planificación.

Las normas son necesarias. Ayudan a prevenir la arbitrariedad, proporcionan seguridad jurídica, protegen el interés colectivo y establecen límites frente a actuaciones que pueden producir impactos negativos.

Por eso, reducir la burocracia no puede significar simplemente reducir los controles.

Sin embargo, cuando las instituciones tienen dificultades para coordinar actores, resolver conflictos, priorizar proyectos o ejecutar decisiones, existe el riesgo de recurrir a nuevas reglas y procedimientos como respuesta a problemas que requieren, sobre todo, capacidad de gestión.

La regulación, que debería ser un instrumento para alcanzar determinados objetivos, puede terminar convirtiéndose en un fin en sí misma.

En Colombia, esta dificultad puede agravarse por la distancia entre la complejidad de los instrumentos de ordenamiento y la capacidad técnica, administrativa y financiera de muchos municipios para implementarlos.

El resultado puede ser un plan con diagnósticos detallados, cartografía especializada y numerosas disposiciones, pero con dificultades para convertir sus objetivos en proyectos, inversiones y actuaciones concretas.

No se trata de afirmar que toda dificultad de gestión se deba al exceso de normas. Se trata de reconocer que las normas, por sí solas, no garantizan los resultados que pretenden conseguir.

Cuando no tenemos suficiente capacidad para construir colectivamente el futuro, corremos el riesgo de sustituir la gestión por regulación normativa y la construcción de acuerdos por procedimientos.

Por eso, además de preguntarnos si un proyecto cumple las disposiciones aplicables, deberíamos evaluar si contribuye a los objetivos territoriales establecidos y qué resultados produce.

Esto no supone reemplazar la legalidad por decisiones discrecionales. Supone combinar reglas claras y controles necesarios con seguimiento, evaluación y capacidad de actuación.

El territorio no se decide una sola vez

Incluso cuando existe un acuerdo amplio sobre el futuro deseado, la realidad continúa cambiando.

Cambian la economía, las tecnologías, las condiciones ambientales, las necesidades de la población y las expectativas de las nuevas generaciones. También cambian los conocimientos disponibles y nuestra comprensión de los problemas.

Por eso, quizá debamos dejar de entender el modelo territorial como una imagen definitiva que algún día conseguiremos alcanzar.

Podríamos entenderlo, más bien, como una dirección compartida que necesita revisarse y ajustarse a medida que cambia la realidad.

Esto no significa improvisar permanentemente ni renunciar a la estabilidad de las decisiones públicas. Significa combinar la seguridad jurídica con mecanismos transparentes de seguimiento, evaluación y adaptación.

Un plan pensado únicamente para fijar el futuro intentará anticipar y regular tantas situaciones como sea posible. Un plan pensado para orientar la transformación necesita reglas claras, pero también instituciones capaces de reconocer cambios, evaluar sus consecuencias y tomar decisiones oportunamente.

El territorio no puede quedar definitivamente decidido porque las condiciones que determinan su transformación tampoco permanecen inmóviles.

De la prospectiva a la acción

La prospectiva territorial no consiste en adivinar el futuro ni en dibujar una imagen atractiva de lo que nos gustaría alcanzar. Consiste en explorar escenarios posibles, reconocer tendencias e incertidumbres y utilizar ese conocimiento para tomar mejores decisiones en el presente.

Pero los escenarios no transforman el territorio por sí solos.

Una visión de futuro necesita traducirse en prioridades, proyectos, recursos, responsabilidades e indicadores que permitan evaluar los avances. También requiere coordinación entre administraciones, ciudadanía, empresas, academia y organizaciones sociales.

En otras palabras, necesita gobernanza: capacidad para deliberar, acordar, decidir, ejecutar, evaluar y corregir el rumbo.

Por eso, el éxito de un proceso de prospectiva no debería medirse únicamente por el número de documentos analizados, las personas participantes o la calidad técnica de los escenarios. También habría que preguntarse qué decisiones se derivan de ese trabajo, qué compromisos se asumen y qué mecanismos permitirán comprobar si se están cumpliendo.

Construir una visión compartida no consiste solamente en ponerse de acuerdo sobre el futuro que deseamos. Supone establecer qué estamos dispuestos a hacer para alcanzarlo, cómo distribuimos las responsabilidades y qué capacidad tenemos para llevarlo a la práctica.

¿Controlar el territorio o transformarlo?

Durante mucho tiempo hemos entendido el planeamiento, en buena medida, como un mecanismo de control: qué se puede hacer, dónde, cuánto y bajo qué condiciones.

Ese control es necesario. Pero controlar no es lo mismo que transformar.

Un territorio puede tener normas rigurosas y planes técnicamente bien elaborados y, aun así, continuar teniendo dificultades para resolver sus problemas de vivienda, movilidad, empleo, protección ambiental o conservación del paisaje.

Por eso, la calidad de la planificación no debería medirse exclusivamente por la precisión de sus diagnósticos o la cantidad de sus determinaciones normativas. También debería evaluarse por su capacidad para orientar decisiones, coordinar actuaciones y producir resultados verificables.

Esto exige relacionar mejor el conocimiento técnico, la participación democrática, la regulación y la gestión.

Un buen plan no debería limitarse a establecer qué puede ocurrir en el territorio. Debería contribuir a construir la capacidad necesaria para hacer realidad aquello que colectivamente consideramos deseable.

Quizá la pregunta inicial deba formularse de otra manera. No se trata solamente de identificar el modelo territorial que la sociedad quiere, sino de comprender cómo se construye ese acuerdo, quién tiene capacidad para influir en él y qué condiciones permitirían convertirlo en realidad.

Imaginar un futuro compartido es importante. Pero también necesitamos capacidad para orientar las decisiones que transforman el territorio, distribuir sus beneficios y responsabilidades y corregir el rumbo cuando los resultados no son los esperados.

Tal vez una de las grandes tareas del urbanismo contemporáneo sea precisamente esa: no diseñar un territorio perfecto ni pretender anticipar todas las situaciones posibles, sino desarrollar la capacidad colectiva para conducir su transformación.

Y para conseguirlo, conviene preguntarnos:

¿Estamos planificando para controlar el territorio o estamos construyendo, entre diferentes, la capacidad de transformarlo?

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